El árbol de la vida

La mandrágora tenía forma de hombre. El semen del ahorcado le daba vida. Y ella correspondía con fuerza y vigor a quien la comía. Un hombre vegetal. Un hombre pegado a las raíces y a la vez esparciendo polen para salir del pequeño recinto de la vida cotidiana. Unas piernas que no andan, y unos brazos que tocan sólo lo justo. Vegetal. Savia nueva y vieja que hace que todo parezca lo mismo, y, que sin embargo, nunca lo haya sido. Como un bucle. Como un rizo. Como unos ojos. Como el sabor de una piel. Nada es lo mismo.
Aragonéame
31/05/2007 10:10.Enlace permanente.





