Purnas ya no está aquí. O sí que está, pero ya no sigue creciendo aquí. Ahora puedes encontrar el nuevo purnas en http://www.purnas.com. También te puedes suscribir a sus contenidos desde aquí. Por favor, modica los enlaces de tu página, si es que los tienes, hacia http://www.purnas.com
Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2007.
Esperanzas

Al otro lado de la barra, la esperanza. Después de un largo verano, el otoño. En cuanto me despisto, un mundo nuevo. Sin querer salir del agujero, la vida. Todo ahogado en alcohol y algo de humo. La justicia, para los ricos. El hambre para los pobres. En el bar no está la solución, pero a veces sí la fuerza. Las ilusiones quedan para los críos. ¿La verdad? Decían que estaba ahí fuera. Pero yo no me lo creo. Si llegara a esa cerveza...
foto: samuel
Nubes en Estonia

Hay nubes que no asustan. No son negras. Simplemente están. Acompañan durante el camino, y viven para que tú vivas. Nubes vivas. Sobre un mar azul. Sobre una barca de salvamento. Sobre un ferry. Sobre tu cabeza. Sobre una cabeza que gira y gira a n-mil revoluciones por minuto. En los caminos de para aquí y de para allá, hay nubes que no asustan. Ellas creen. Atrapan los sueños y los devuelven transformados en luz. O eso dicen. Visiones como ésta puede que sólo sean producto de un sueño alucinado de vodka y marihuana. Vete tú a saber.
¿Dentro o fuera de la muralla?

Las fortalezas están para lo que están. Pero yo nunca he sabido si están para que no entren las gentes de fuera o para que no salgan las gentes de dentro. Miras por la ventana y ves dos figuras que se te acercan. Vienen de un pasado tan reciente que casi no ha dado tiempo de construir ni tan sólo de adobe el muro. Podríamos derribarlo entre todos con un pequeño empujón. Pero luego, a la hora de la verdad, las cosas de dentro se quedan dentro y las de fuera se quedan fuera. Ni sé si es mejor o peor. Por no saber, no sé ni si están dentro o fuera. Así que no sé si dejarlas salir o entrar. Y entonces, sólo entonces, descubres que "el meu món és el que és", y nunca más el que fue. Y mandas al carajo a la muralla, al foso, al puente levadizo y a todos los que quieran entrar o salir de Carcassone. Es un poner.
El árbol de la vida

La mandrágora tenía forma de hombre. El semen del ahorcado le daba vida. Y ella correspondía con fuerza y vigor a quien la comía. Un hombre vegetal. Un hombre pegado a las raíces y a la vez esparciendo polen para salir del pequeño recinto de la vida cotidiana. Unas piernas que no andan, y unos brazos que tocan sólo lo justo. Vegetal. Savia nueva y vieja que hace que todo parezca lo mismo, y, que sin embargo, nunca lo haya sido. Como un bucle. Como un rizo. Como unos ojos. Como el sabor de una piel. Nada es lo mismo.
Visión alucinada de la Torre Agbar

La visión alucinada de un poeta. La visión ensimismada de una droga. El canto lejano de un pájaro vigía. Vigilando. En vigilia. Una noche sin más. Un día sin más. Una tarde sin más. Todo en el breve espacio en el que sigue la canción. Comprimiendo en forma de bucle, en forma de campana, en forma de pene azulgrana, todo un mundo de creaciones, pájaros, mares, vientos, drogas, vigilias, coches, motos, amores, ojos, pies y manzanas. Una vez más había empezado todo a acabarse. La noche era la que era. El león no durmió tranquilo.
Entibo el monstruo

Chuanet era un niño de 62 años. Ajado. Curtido. Toda la vida en el campo, en su corral, con su huerto. Nunca conoció a nadie de más allá de 40 kilómetros a la redonda. El vivía en Chanobas y nada más había bajado a Huesca. Chuanet era un niño sin dulces, pero con miedos. El sabía de un monstruo. Un monstruo enorme. Sin forma definida. Que crecía y menguaba. Un monstruo que siempre fue un monstruo. Pero al que algunos alimentaban. Bueno, algunos no. Los de siempre. Los que creían que el monstruo serviría a sus intereses. Pero un monstruo siempre es un monstruo. Y no son amables, ni dóciles. Ni graciosos. Los monstruos se crean, pero no se destruyen. Pero los que querían buscarle una guarida al monstruo si que destruyeron a Chuanet. Su mundo, su historia, su vida, su casa. Hogar de duendes en la montaña. Tierra que quedó hundida en la noche oscura. En el silencio asfixiante de un monstruo líquido. Entibo, se llamaba el monstruo. Pantano, lo llamaron. Embalse, quisieron dulcificarlo. Y con su monstruo trajeron también otros. Tristeza. Soledad. Abandono. Desierto. Inundación. Derribo. Expolio. Explotación. Y el monstruo Entibo vivió feliz por muchos años, y comió pueblos, paisajes y mundos. Y vidas. Ahora Chuanet no tiene recuerdos. Los ha querido olvidar. Una imagen triste, como un mundo en ruinas. Un mundo en ruinas, como en una imagen triste. Entibo llegó para quedarse, y Chuanet con toda su vida a cuestas se fue de su valle. Sólo querían agua, montañas y electricidad. Y Entibo se las quedó todas.





